El ciudadano metido en el estudiante y el ilegalista que asoma

Luís Armando Larrevuelta

Hace muchos años que en este país no nos encontrábamos ante un movimiento social de estas proporciones, hoy los estudiantes están dando una enorme muestra de compromiso, de convicción y de energía que necesariamente debe contagiar a todos quienes nos consideramos enemigos del actual sistema de dominación. El discurso ha sido instalado con solvencia y la intervención del espacio público ha roto un sinfín de esquemas comunes de nuestra alienada convivencia. Pero no todo lo que brilla es oro, tan importante como reconocer la fortaleza de este movimiento es observar sus caminos y analizar críticamente las múltiples expresiones que lo definen.

Es posible encontrarnos con dos formas de lucha que coexisten, a veces enfrentadas y otras integradas como parte de una sola matriz. Por un lado, es posible observar un importante contenido ilegalista, es decir, iniciativas capaces de actuar sin el consentimiento de la ley;  y por otra, estamos frente a una tendencia mucho mayor y mucho más arraigada en el movimiento, cuyo principio es el reconocimiento del “ciudadano” como agente político activo en las luchas estudiantiles.

Ambas formas de entender el posicionamiento social están dando, desde hace ya cinco meses, sentido e identidad a los innumerables actores que se involucran en el conflicto.

El ciudadanismo redentor

Decía anteriormente que, sin duda, el rol ciudadanista está mucho más integrado por las mayorías que se manifiestan a favor del movimiento, por lo tanto, es por supuesto provechoso observar qué rasgos lo definen y plantear cuestionamientos oportunos.

En primer lugar, el ciudadano respeta la ley, la considera útil y necesaria, sabe que el sistema se rige por normativas sociales y está convencido que éstas son relevantes para mantener un cuerpo institucional armonioso. Por la misma razón, cuando observa injusticias en la sociedad la asocia a la mala aplicación de la ley o a la inexistencia de una  ordenanza que garantice lo que el Ciudadano considera justo. Es decir, para quienes observan desde este foco de análisis, el problema de la educación se asocia a la aplicación de pésimas y equivocadas leyes para garantizar lo que éste llama “educación de calidad”, por tanto, lo que reivindica es la creación de nuevas leyes que posibiliten un acceso amplio (gratuidad) y un sistema eficaz (calidad) para la entrega de contenidos académicos. Precisamente, estas dos cuestiones son el piso de las actuales reivindicaciones estudiantiles.

Un segundo elemento podría considerarse la participación social en los espacios dados por el sistema para transformar las cuestiones fundamentales del país. En este sentido, la inscripción en los registros electorales es parte constitutiva de su panorámica, para este sujeto la marginación voluntaria de esta vía “participativa” representa la imposibilidad de “cambiar las cosas”, por lo tanto, no sólo vota, sino que azuza la inscripción masiva. Un ejemplo lo encontramos en la idea de los estudiantes de La Serena, quienes pretendieron terminar una manifestación el día 22 de septiembre con una numerosa visita al registro electoral de su ciudad. La misma idea fue planteada hace algunos meses por algunos de los voceros de la CONFECh, quienes consideraron este movimiento una oportunidad histórica para incentivar la votación joven.

Finalmente, el ciudadano niega completamente el uso de la violencia, él levanta las manos cuando viene un carabinero a atacarlo, denuncia a los medios de comunicación masiva el actuar excesivo de la policía, se enfrenta a los encapuchados y con total franqueza considera que el enfrentamiento con los pacos “ensucia las manifestaciones”.

Observaciones

El principal problema del ciudadanismo es que pone permanentes diques de estancamiento y moderación en el flujo de los movimientos sociales. En el contexto del actual conflicto, por ejemplo, se basta con instalar la consigna de educación gratuita y de calidad, pero no se arriesga a cuestionar elementos más sustanciales como el rol de la institución escolar en la formación sistemática de los niños, la idoneidad del aula como espacio de aprendizaje, la especialización funcional de la instrucción y la negación practica de la integralidad del conocimiento humano; tampoco el ciudadano llega a criticar al Estado como instrumento de dominación, todo lo contrario, lo valida y le exige que se haga cargo del problema emergente, cavando de esta forma una nueva malformación. Finalmente, sigue creyendo en que la principal forma de participación ciudadana es el sufragio, aún cuando hoy cuenta con un imponente movimiento que demuestra todo lo contrario: la participación política es una práctica inmensamente superior al irrelevante camino electoral. El enorme crecimiento cualitativo que asoma de la toma de decisiones en asamblea, de la movilización inmensamente numerosa, de la experiencia de la toma y de la intuición callejera, está lejos de compararse con la insignificante acción de rayar un papel.

Insisto con el estancamiento que provoca la visión ciudadana, pues no es capaz de instalar temas que no sean solucionables con herramientas legislativas, temas que vayan más allá del Estado de derecho o de la elección del próximo buen candidato. Por eso el ciudadanismo no puede evocar transformaciones sociales, porque está destinado a retocar el maquillaje del sistema, porque su objetivo es precisamente ese: fortalecer el sistema.

Sin el ánimo de idealizar la práctica ilegalista, me parece pertinente decir que es precisamente la acción llevada a los márgenes de la ley la que puede dar nuevos bríos al movimiento estudiantil. El ciudadano pide, el ilegalista toma, el cuento es que las continuas peticiones han llevado a un punto muerto las conversaciones con el gobierno y solo la toma, es decir la apropiación irruptiva de los espacios, ha provocado avances y el fortalecimiento de la causa. Difícilmente nos encontraremos con muchos sujetos ilegalistas, más bien podríamos encontrarnos con practicas ilegalistas que nacen de la necesidad inherente del movimiento de transgredir las amarras ciudadanas, y es precisamente esa transgresión la que innova y modifica.

Aún cuando considero la educación estatizada una nueva trampa (muy peligrosa, por cierto), reconozco el inmenso beneficio que puede otorgar a la mayoría de la población un sistema de educación gratuito. El movimiento estudiantil se ha impuesto esta tarea y hemos de apoyarlo reconociendo sus tremendas limitaciones e incentivado la profundización de los cuestionamientos de fondo, esos que suman voluntades, que visualizan la necesidad de ir más allá del cerco puesto por la ley, que desean transformar desde la raíz lo existente.

Publicado en El Surco nº30, octubre 2011