Los primeros meses de este 2012 la agenda política parlamentaria nos brindó la oportunidad de ser espectadores de una antigua riña entre los sectores conservadores y progresistas del circo de la democracia, a propósito del debate sobre el aborto terapéutico. Tras unas semanas de simulados y previsibles debates televisados el senado rechazó la posibilidad de legislar sobre los tres proyectos de ley que buscaban despenalizar el aborto terapéutico (bajo tres supuestos: embarazo inviable, posible riesgo vital para la madre, o violación).  Así que por ahora el Estado chileno seguirá siendo un orgulloso miembro de esa minoría de diez países en el mundo que sanciona  la interrupción del embarazo en cualquiera de sus formas.

Nada que sorprenda,  una vez más se evidencia la hegemonía en el poder de unas familias ligadas a la iglesia y a la burguesía más arcaica de este Estado, que desean seguir moldeando nuestras vidas bajo su autoridad y violencia. Mientras se daban estos debates, en la vida real las mujeres, las más pobres, las más obligadas a cumplir la ley, son forzadas a mantener embarazos que no desean o interrumpirlos “a la mala”, ya que abortar ilegalmente en una clínica es posible, pero cuesta un millón y medio de pesos, por lo que quedan pocas opciones. En este caso la ley que sanciona el aborto fue dejada lista para la democracia liberal por Pinochet y sus secuaces, lo paradójico es que durante la llamada dictadura fue legal por razones médicas.  Esto muestra una de las caras más absurdas de esta democracia made in $hile, hibridación neoliberal y ultra conservadora, donde se evidencian las propias contradicciones en los dogmas del poder. Por una parte las clases gobernantes abogan a la libertad de empresa pero bajo una constante vigilancia moral, hay cosas que no se pueden hacer, pese a que sean un buen negocio.

Dios, el Estado y el patriarcado en nuestros ovarios forzándonos a una maternidad que en muchas ocasiones pone en riesgo tu salud o que simplemente no la quieres. Son muchas las mujeres que deciden abandonar la actitud pasiva e interferir en su embarazo e interrumpirlo, por las razones que ellas estimen oportunas, sean médicas o no,  y dar un paso a la clandestinidad. Lamentablemente es frecuente que con algunas consecuencias aparejadas, como terminar en un hospital, además de la lapidación social desde el momento en que una mujer se le ocurre verbalizar su intención de no ser madre y que termina con la persecución legal cuando esta es consecuente consigo misma. Las penas varían entre los 3 y los 5 años para las mujeres que deciden interrumpir su embarazo, mientras quienes sean acusados de facilitarlo pueden ser condenados desde 541 días a 3 años de cárcel, sancionando el aborto como si se les hubiera usurpado parte de su sagrada propiedad privada, con cárcel. El miedo a este castigo ha terminado con la vida de muchas mujeres, infectadas y escondidas, por negarse a parir más población para las estadísticas de las clases gobernantes. Según informaciones del INE las complicaciones derivadas del llamado aborto ilegal causaron la cuarta parte de las muertes maternas, posicionándose el aborto como la primera causa de mortalidad materna en Chile. No es ninguna novedad afirmar que el Estado nos mata, sin embargo para nosotras esta es sin duda una de sus formas más perversas.

Es una obviedad a veces no tan obvia para algunos que algo es ilegal o legal producto de una ley conductista por la cual el Estado y sus dueños nos imponen sus voluntades, organizando nuestros quehaceres, normando nuestra existencia, incluso nuestro cuerpo.  Sabemos que las leyes no se hicieron  para liberarnos, tampoco cuando se trata de leyes que se disfrazan de derechos para los oprimidos, solo se modifican las condiciones de la condena, nada más, y a veces eso resulta agradable en nuestra cotidianidad,  pero solo eso, la soga sigue al cuello, aunque parezca que apriete menos. Por lo tanto la batalla parlamentaria por la despenalización del aborto carecería de un sentido real de liberación, por lo que como anarquistas nos resulta como menos incómodo sumarnos a demandas que buscan mejorar condiciones inmediatas bajo la tutela del Estado. En cambio solemos vernos cómodos en ciertos términos de la romántica clandestinidad, incluso buscamos fomentarlos pese a convivir en la vergonzosa contradicción de la legalidad diaria. En el caso del aborto, la ilegalidad suele ser una opción compleja, ya que su práctica puede aparejar problemas de salud a los que no les podemos dar respuesta sin caer en manos del Estado, en su institución hospitalaria. Rechazamos el Estado y perfeccionarlo mediante luchas por demandas coyunturales, queremos vivir al margen de sus ritmos y en ofensiva contra él, pero la dependencia en la salud capitalista nos hace caer nuevamente en sus garras. Pese a toda la solidaridad que podamos generar, las mujeres seguirán desangrándose en los pasillos del hospital ¿Si hoy el aborto fuera legal te plantearías hacerlo fuera de un hospital?

Reconocernos en la contradicción nos hace crecer, ser menos soberbios y ver más allá del horizonte. La opción no debe ser escapar del conflicto, sino más bien atacarlo desde distintos frentes, que cada cual invente el suyo. Por lo que no vamos a juzgar desde un olimpo de pureza a los individuos que decidan ser parte de una lucha reformista por la despenalización del aborto. Pese a la antipatía que nos suscita la falsa careta emancipadora y el embriagador perfume a comodidad y apatía del reformismo, las demandas sociales estuvieron y están presentes, nos guste o no y no podemos obviar que en este caso despenalizar el aborto sería evitarles a muchas mujeres situaciones de lo más perversas, seguirían esclavas, pero esclavas vivas. No es la intención de este escrito dar una respuesta a la contradicción en la que nos encontramos en torno a la lucha por la legalización del aborto, tampoco ante el uso de la salud estatal,  menos dar cátedra de un que hacer frente a las luchas sociales pro estatales.  Lo que intentamos es acercarnos a un tema poco tratado, que tiene lugares comunes con otras muchas discusiones, pero que también tiene matices únicos.

Un frente de ataque siempre es la solidaridad, el apoyo a las mujeres que decidan dar este paso. Podemos apoyarnos rescatando viejos saberes, creando nuevos y compartiéndolos.  No todos saben de las bondades de las plantas como la borraja, que actúa como píldora del día después natural o no todas conocen páginas seguras de apoyo en la web, para que quien lo necesita pueda informarse (www.womanonwaves.org). Pese a que reconocemos dignamente nuestras limitaciones debemos seguir explorando, creando alternativas, con el fin de recuperar nuestras vidas. Reconquistar el conocimiento de nuestros cuerpos, vivir la sexualidad activamente, de una manera mas que responsable, de respeto contigo misma, no dejar que el sexo sea algo que te suceda, previniendo así posibles embarazos no deseados. Tal vez nos quedan muchas posibilidades de enfrentar esta situación en el tintero, tal vez las expuestas aquí  no son las únicas, tal vez no son siquiera las más importantes, pero es necesario comenzar a hablar, a discutir, a conversar, no en busca de respuestas certeras, sino como una primera aproximación, unas primeras interrogantes, sobre un tema pendiente y urgente en las discusiones anarquistas, como es el aborto y otras cuestiones relacionados a la mujer.

Nos parece importante aclarar que durante  toda la descripción hemos presentado la interrupción de un embarazo como un acto individual de autonomía en base de la libertad para decidir sobre la propia vida, y así lo entendemos, pero también creemos que esta acción esta marcada por un contexto que no podemos evadir, y este contexto es el sistema de dominación capitalista. ¿Si la vida no estuviera mercantilizada, si los hijos no fueran entendidos como propiedad, abrazaríamos tanto esta vía? Podríamos especular largamente sobre esto, se dice que abortos ha habido desde casi siempre, a lo largo de toda la historia conocida, por lo que no podemos caer en la idealización de un mundo libre donde no habrá dolor, ni pena, ni abortos voluntarios, sin embargo naturalizar la práctica del aborto como un deber ser sin reconocer la trama en donde está inserta también nos puede llevar a afirmaciones peligrosas. Si no entendemos la maternidad como obligatoria, tampoco el aborto es la respuesta universal, dependerá de la voluntad de la mujer libre, son las cosas de la libertad. Los animamos a teorizar.

Un último punto que no queremos dejar de abordar es el cuestionarnos el silencio mezquino que ha ignorado esta situación vivida por las mujeres durante ya demasiado tiempo. No hay conversatorios, ni periódicos, ni fanzine, ni canción, sobre el aborto. No nos podemos evitar preguntar: ¿si los hombres abortasen estarían estos temas más instaurados en nuestras batallas cotidianas? Aquí nos topamos con un viejo conflicto en torno a la subordinación de la mujer en la vida y en las luchas, pero lejos de querer enquistar la discusión buscando víctimas y verdugos,  deseamos abrir el debate y la acción conjunta en torno a las propias cadenas que arrastramos. Es importante la incorporación de los temas que atañen a las mujeres dentro de los espacios ácratas, de manera que nos deshagamos del idioma sexista y machista que sigue preponderando dentro de nuestros espacios comunes y podamos hacer que temas como el de la opresión de género,  o el aborto sean parte de las discusiones diarias y permanentes. No creemos que este sea un tema solo de mujeres, no solidarizamos con los presos políticos solo si vemos privada nuestra propia libertad, la solidaridad tampoco debe detenerse en las fronteras imaginarias del género. Juntos podemos jugar a desaprender de nuestros ser hombre y ser mujer, descargar de las identidades de género  los significados que se les han impuesto por siglos. Nosotras no existimos para parir y cuidar y los hombres si  pueden llorar. Deconstruyamos y destruyamos al hombre y a la mujer, a la maternidad y a la paternidad, a la familia y a la sexualidad y comencemos de nuevo, entonces….¿Jugamos?

Por J y A malahierba

Publicado en El Surco, nº35, Mayo 2012